En la búsqueda de la modernización de las sociedades latinoamericanas [Parte II]
18.06.2010. Prof. Felipe Pérez Pineda, Ph.D.
En esta segunda parte me refiero a América Latina y me remonto al nacimiento de las jóvenes repúblicas independientes de principios del siglo XIX. Me refiero también a los problemas que dieron origen a las sociedades de hoy en día. Termino con unas reflexiones y consideraciones finales en torno a la búsqueda de la modernidad y el desarrollo.
¿Cuáles fueron los orígenes de las actuales sociedades latinoamericanas?
El gran historiador inglés John Lynch en su excelente obra “Las Revoluciones Hispanoamericanas 1808-1826” (1973) menciona que las nuevas naciones latinoamericanas al inicio de su independencia se encontraron con economías nacionales divididas entre el centro versus las regiones, divididas entre los partidarios del libre comercio y los del proteccionismo. Al final fueron las exportaciones primarias y las importaciones baratas las que ganaron la disputa.
Las perspectivas económicas de los nuevos estados se vieron frustradas desde el principio por su estructura social. Las nuevas sociedades latinoamericanas estaban polarizadas en dos sectores desde la era colonial: entre la minoría privilegiada que monopolizaba tierras y cargos, y la masa de campesinos y trabajadores sin medios de producción más allá de su fuerza de trabajo.
Paradójicamente esta estructura no solo sobrevivió a la independencia de España, sino que continuó con mayor ímpetu. Con un consumo conspicuo (con gestiones para obtener créditos, mercados e importaciones de lujo que la propia sociedad no podía ofrecer) de bienes importados que no se producían en las sociedades coloniales, y ahorros no invertidos en el necesario desarrollo industrial por un lado y por el otro con economía de exportación de materias primas usando activos primitivos: tierra y mano de obra barata, que descansaba en un sector agrario no muy distante de una economía (después de las guerras de independencia se quiso quitar tensión a la estructura social aboliendo el sistema de castas y creando una sociedad de clases) de campesinos sin tierra, y por ende, sin esperanzas de mejorar el nivel de vida de esta masa y así mejorar las posibilidades de desarrollo industrial. Los campesinos –paradójicamente sin proponérselo- se erigieron en un obstáculo importante para el desarrollo.
La institución económica básica fue la hacienda (sistema de propiedad de origen español, concretamente andaluz) a la que la independencia no solo mantuvo sino que fortaleció (ya había crecido en la América española siendo el caso más reciente el que se dio con la expulsión de los jesuitas en 1767 y la subsiguiente expropiación de sus bienes). La hacienda continuó siendo no solamente una institución ineficiente con mucha mano de obra barata, mucha tierra y muy poco capital; sino que pasó a ser, con la independencia, la organización social y política; habiendo desaparecido el estado colonial y sus instituciones (los sectores urbanos de comercio, minería y burocracia).
La hacienda pues, se convirtió en un obstáculo para el crecimiento del estado nacional fuerte. Era la base de poder y lealtad del caudillo local, con un nuevo nacionalismo sin contenido social, que llegó a debilitar tanto el desarrollo nacional con una ausencia de la tan necesaria cohesión social en las jóvenes repúblicas, que hizo que inclusive idealistas como Simón Bolívar perdieran la esperanza de crear naciones viables.
Al final de las guerras de independencia los ejércitos no se desbandaron; las burocracias crecieron -como nunca se había visto en la época colonial- como una forma de pagar los favores políticos. Más aún, a diferencia de los otros dos grupos de poder (hacendados e iglesia), los militares no tenían fuente independiente de ingresos, por lo que se vieron tentados a dominar el estado y a controlar sus recursos. Lynch sostiene que la América Española deliberadamente decidió conservar su herencia colonial, no porque las masas fueran indiferentes a la revolución, que acababa de triunfar liderada por los criollos (descendientes directos de españoles nacidos en América), si no porque esas masas constituían una amenaza para ella.
Se trató de contener el resentimiento de los indios y las ambiciones de pardos y mestizos. En otras palabras se dio una conexión causal entre el conservadurismo de la independencia y el radicalismo de las masas. Los sistemas políticos de los nuevos estados representaban la determinación de estos, liderados por los criollos, de controlar a los indios y negros que eran los trabajadores rurales por un lado, y frenar a las castas por el otro, que eran las más ambiciosas y levantiscas de las clases bajas.
La independencia dio a los criollos lo que habían anhelado tanto tiempo: el acceso a los cargos públicos. Los nombramientos se hacían por medio de un sistema de prebendas en donde los gobiernos entrantes reemplazaban a los funcionarios anteriores con sus propios clientes. Por otro lado, el caudillo perpetuó el latifundismo, los hacendados alcanzaron una posición en donde no solo controlaban al estado sino que eran el estado. El caudillismo (que se ha perpetuado hasta nuestros días) reflejaba la debilidad de las instituciones republicanas, las cuales ni tranquilizaban ni convencían, y no pudieron llenar inmediatamente el vacío que dejó la caída del gobierno colonial.
Lynch de esta manera hace la síntesis de lo que dio origen a lo que Carlos Eduardo Montaner llamó en uno de sus artículos (Lecciones para Salir del Subdesarrollo) “El Orden Social de Acceso Limitado”.
En este orden social el poder se mantiene producto de una alianza entre los poderes político y económico, recurriendo cuando es necesario a la represión y a la fuerza. Este orden contrasta con el “Orden Social de Acceso Abierto” que representa a la sociedad moderna, en donde la estabilidad depende de la competencia continua y la especialización; hay una mejora constante en los métodos de producción y hay un crecimiento de la dotación de capital.
El objetivo de la sociedad es el progreso y la prosperidad para un número creciente de ciudadanos, que se logra promoviendo, entre otras cosas, el empresarialismo y la creación de nuevas empresas, y en donde el papel del estado es crear las instituciones y asumir los roles adecuados al fin anterior.
El cambio es posible y según Montaner se puede lograr en pocas generaciones. Hay que decir no al fatalismo del “centro versus la periferia” de los “condenados de la tierra” y cosas por el estilo. Se citan numerosos ejemplos, desde cómo el crecimiento del comercio hizo que el Comodoro Perry llevara sus “barcos negros”[1] al Japón feudal del siglo XIX (1853) lo que obligó a este país a abrirse -si se quiere por la fuerza- pero este hecho fue aprovechado inteligentemente por la dinastía Meiji para revolucionar sus modos de producción y comercialización, y para la creación de instituciones a través del aprendizaje obtenido de occidente. Dos generaciones después, a principios del siglo XX, se hacía evidente Japón como poder emergente del mundo moderno de ese entonces, con la derrota de la Rusia zarista en Port Arthur en 1904-1905.
A partir de allí todos hemos oído probablemente la más popular de las historias de éxito para salir del sub-desarrollo, sobre los “4 Tigres Asiáticos” refiriéndose a Taiwán, Hong-Kong, Singapur y Corea del Sur, y ahora, más reciente y más cerca nuestro, de los casos de España y Chile (ahora también se incluye en esta lista selecta a Costa Rica). En el caso de Chile con medidas como el respeto de la autonomía del Banco Central, disciplina fiscal, un sistema previsional de ahorro basado en cuentas privadas de jubilación y efectuando una privatización efectiva de empresas públicas ha logrado no solo hacer crecer su economía si no también combatir efectivamente a la pobreza reduciéndola significativamente.
Pareciera ser que la receta general para lograr la tan ansiada modernización pasa por reconocer que la riqueza solo se crea en las empresas, que para que el sistema funcione se necesita de la competencia y el juego justo, que la legitimidad y el mantenimiento del sistema es función de dar una respuesta efectiva a las necesidades de las mayorías, que se necesita un liderazgo capaz y visionario que respete la libertad económica y la libertad política y que se cuente con instituciones modernas, eficientes y capaces con funcionarios públicos incorruptibles.
El crecimiento del capital debe concebirse en un sentido amplio recordando que la dotación de capital comprende el capital natural (recursos naturales y un ambiente limpio y sano) y el capital creado por el hombre (tangible e intangible). El capital intangible es cada vez mas importante en las sociedades modernas y comprende el conocimiento (el llamado “know-how”), la capacidad organizativa y de contar con los sistemas adecuados.
Es posible cambiar la historia y el rumbo de los países y según opiniones, esto se puede hacer en pocas generaciones. Hay que combatir ideas arcaicas de que la democracia es solo para grupos privilegiados y desenmascarar falsedades ideológicas que propagan sectarismos y soluciones simples para problemas complejos en estas sociedades.
A través del ejemplo, la transparencia y el adecuado liderazgo, la ciudadanía debe creer y comprobar por sí misma (a través de buenos gobiernos) que el estado existe también para su beneficio y no para su perjuicio, tampoco existe para concederle privilegios solo a ciertas personas, debe convencerse de que es posible prosperar y que esa prosperidad está al alcance de todos, si se trabaja duro y se actúa dentro del marco legal de una verdadera y moderna democracia.
Estas sociedades perdieron una primera oportunidad de hacer algo diferente en estas repúblicas latinoamericanas (como si lo hizo Estados Unidos) al momento de su independencia, creando una sociedad más moderna, justa e igualitaria. Los problemas actuales son mucho más complejos pero también hay un mayor abanico de soluciones en un mundo que también es diferente. Los retos y peligros actuales y futuros no admiten fallas similares a las que se cometieron entre 1808 y 1826.
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[1] Con el nombre de ”barcos negros” fueron conocidos los dos barcos de los Estados Unidos que arribaron a Japón en 1853 al puerto de Uraga bajo el mando del comodoro Mathew Perry. La palabra “negros” hace referencia al color negro de los cascos de esos barcos de vela, y al humo negro del carbón que era quemado en las calderas del Mississippi y el Susquehanna. Las superiores fuerzas militares del Comodoro Perry le permitieron negociar un tratado que le permitiera a los estadounidenses comerciar con Japón, terminando con un periodo de 200 años en que Japón solo permitía el comercio con los Holandeses, los Chinos y algún otro grupo menor.