¿Debe el Estado hacer RSC?

Dr. Felipe Pérez

Dr. Felipe Pérez

Por Felipe Pérez Pineda, Ph.D., Profesor Pleno. INCAE Business School

Esta semana se me hizo esa pregunta que me puso a reflexionar por un momento antes de expresar mi opinión. Después de contestarla creí conveniente escribir estas líneas sobre lo que es mi pensamiento y opinión ante este tema.

El término RSC o Responsabilidad Social Corporativa está más enfocado a la empresa privada y no a la empresa estatal. El mejor servicio a la sociedad seria que las empresas estatales se enfocaran a operar bajo los principios de la buena gerencia publica y apego total a la ética y no corrupción. Hay que tomar en consideración que ya el estado además ya provee por definición bienes públicos (salud pública, educación pública, seguridad, etc.) y su función objetivo es diferente a la de una empresa que es privada y que debe a sus dueños un retorno por su inversión.

La empresa pública debería por lo tanto enfocarse a la gestión pública eficiente y sana y dejar la RSC a las empresas privadas. No veo a las empresas estatales haciendo RSC, no deberían hacerlo desde mi punto de vista. Clamar por RSC pública es simplemente confundir el rol de la empresa pública. Las empresas estatales solo deberían cumplir a cabalidad con la función para la cual fueron creadas. Los monopolios estatales existen porque se supone que pueden -por cuestión de escala principalmente y por la naturaleza del servicio- proporcionar los servicios públicos a un costo más bajo que lo haría un privado o porque se trata de servicios que los privados no estarían dispuestos a proveer. Sin embargo no hay que olvidar que siguen siendo parte del estado.

Todavía persiste mucha confusión sobre lo que es RSC. Más que RSC debería de llamarse Sostenibilidad que es un término más amplio y moderno que engloba a la RSC (que está más enfocada en lo social y un poco en lo ambiental) y que se refiere a “las tres Ps” (de “People” o lo social, “Planet” o lo ambiental y “Profit” o utilidades que se refiere a lo económico). Se basa en que las empresas pueden obtener beneficios privados pero al mismo tiempo pueden contribuir a una mejor sociedad (creando el llamado Valor Compartido como parte de su estrategia de negocios) y a un mejor ambiente (no contaminándolo sino protegiéndolo sobre todo cuando de allí provienen materias primas o comunidades relevantes para ciertos modelos de negocios)

Sobre si el estado debería en su conjunto plantearse una meta de RSC, realmente no lo creo, sin embargo el estado podría crear una especie de meta nacional (por ejemplo Costa Rica quiere ser Carbono y Agua Neutral) y proporcionar incentivos a las mejores empresas (desde premios públicos hasta incentivos fiscales), de esa manera estaría transmitiendo un mensaje muy claro a las empresas sobre lo que el estado, como parte de su estrategia de crecimiento económico con Inclusividad, quisiera de todas las empresas, en especial de aquellas que se alinearan a sus esfuerzos para construir una mejor sociedad y un mejor país mientras buscan generar también sus beneficios privados pero promoviendo el nuevo paradigma de Sostenibilidad e Inclusividad.

Share

¿Cumple sus prioridades?

Prof. German Retana

Prof. German Retana

Por el prof. German Retana. “Si no decide cuáles son sus prioridades y cuánto tiempo les dedicará, alguien más lo decidirá por usted,” advierte el escritor Sebastián Cohen Saavedra. La asignación del tiempo expresa las prioridades de personas y empresas y determina su calidad de vida y desempeño. Paradójicamente, quienes más se quejan de que nos les alcanza el tiempo, son las personas que menos claras tienen sus prioridades.

La indecisión distrae el uso de recursos y desvirtúa la definición de prioridades. Sin certeza de qué es lo urgente e importante, los esfuerzos se dispersan y la frustración se asoma ante la ambigüedad y superficialidad de los logros. El pulso entre qué se debe y qué se desea hacer causa desgastes en relaciones, tiempo y voluntades. Incluso, es común encontrar personas que se ocupan intensa e inconscientemente en actividades placenteras y postergan las destinadas a alcanzar sus objetivos más relevantes. ¿Cómo evitar esto? ¿Cuáles pueden ser prácticas sencillas para alinear tiempo y prioridades?

La definición de metas, con fechas límite, es un buen primer paso. La claridad de qué es lo importante en ciertos períodos de tiempo, favorece imprimir dirección a las conductas de individuos y organizaciones. Eso sí, es crucial que estas aspiraciones sean alcanzables por quienes las establecen, sin depender de las acciones de otros. La apropiación de prioridades, la autodeterminación y el ejercicio del control del avance, crean consistencia, responsabilidad y compromiso. Cuánto más alineadas estén las metas con los valores, menos vulnerabilidad habrá ante la crítica, las barreras y el rechazo externo.

Un segundo paso podría ser la elaboración de la lista de acciones necesarias para lograr esas metas. Luego se reordenan según importancia y urgencia y se clasifican por días de la semana en que serán completadas. El análisis de las consecuencias favorables y desfavorables de concretar cada actividad ayudará a establecer prioridades para el corto y mediano plazo. En caso de dificultad para clasificar la relevancia entre varias acciones, se pueden comparar en dúos o tríos para discriminar el orden en que deben ser realizadas.

Otra alternativa muy popular es tomar la lista de pendientes y con la mayor objetividad decidir: (a) ¿Cuáles me agrada hacer y haré?, (b) ¿Cuáles asignaré a otras personas en la empresa?, y (c) ¿Cuáles no me entusiasman y definitivamente no haré? La motivación juega un papel vital en estas decisiones y cuando el propósito de las acciones es superior a las dificultades para alcanzarlo, las personas superan con persistencia e imaginación los obstáculos.

Una tercera opción es iniciar cada día visualizando tres acciones prioritarias que agregarán valor a la vida personal y a la empresa. Luego, focalizando la máxima energía y recursos a esas acciones con mentalidad positiva. En la noche, será pertinente evaluar resultados para mejorar la disciplina de ejecución al día siguiente. Bien sabemos que el éxito premia los buenos hábitos y que mejorar proactivamente es uno de los más rentables.

Goethe sostenía que “las cosas que más importan nunca deben estar a merced de las que importan menos.” Por supuesto, necesitamos liberar tensiones excesivas mediante la recreación y el ocio; es curioso notar que las personas más ocupadas siempre tienen tiempo para todo, hasta para holgazanear un poco de vez en cuando. ¿Lo logra usted?

Share

El ruido de los silenciosos

Por German Retana, profesor de INCAE Business School.

Prof. German Retana

Prof. German Retana

29 mayo, 2014. Existen personas que no responden mensajes electrónicos, si eso implica reconocer una equivocación o tomar decisiones respecto a situaciones incómodas. Miran injusticias y errores pero callan. Físicamente están presentes en reuniones, sin embargo hay que adivinar qué piensan, pues evaden comprometerse con su opinión. Se enfadan por los problemas de su equipo; no obstante fingen que éstos no les afectan y guardan silencio. Parecen estar de acuerdo en algo; luego sorprenden al expresar “nunca dije que sí.” A esta categoría de personas les denominamos “silenciosas de falsas aguas calmas.”

Refiriéndose a este tipo de seres, Mahatma Gandhi decía que “lo más atroz de las cosas malas que hace la gente mala, es el silencio de la gente buena.” Quienes callan inspiran desconfianza pues al hacerlo legitiman lo que podrían haber rectificado, si tan solo fueran consistentes con sus valores y valientes con sus acciones. Los indiferentes ante los atropellos, se colocan del lado de los que los causan, se dice popularmente.

También existen las personas prudentes que no dicen nada cuando reconocen que están pasando por momentos de enojo extremo, por lo que no les conviene explotar emocionalmente. Se suman las que prefieren abstenerse de opinar sin antes haber procesado datos, argumentos externos o la validez de sus razonamientos. Buscan profundidad en sus reflexiones y si no la alcanzan, se mantienen herméticas temporalmente. Cuando median en conflictos entre personas que valoran, analizan con minuciosidad las posiciones de cada cual, en lugar de adherirse a una de las partes por motivos pasajeros. Hablan poco y con buen tino, son personas de “silencio juicioso.”

En la tercera categoría ubicamos a quienes siempre expresan todo, aunque no en el momento correcto, a los semejantes apropiados, ni en la forma efectiva. Guardan silencio mientras creen correr riesgos si externan sus opiniones, pero igual se desahogan con sus amigos y parientes, no con quienes debieran hacerlo. En empresas y universidades se escudan en evaluaciones anónimas para desenfrenar sus emociones y “desquitarse” contra jefes o profesores ante quienes no tienen el coraje o la posibilidad de dialogar. Así son quienes practican el “silencio pasivo-agresivo.”

Finalmente, tenemos a las personas que invierten más tiempo escuchando que hablando; preguntan con insistencia y se soslayan aprendiendo de las respuestas. Nutren de sabiduría el entorno con la profundidad de sus ideas, que son generadas en una mente inquieta por ver más allá de lo visible. Con pocas palabras desafían el intelecto ajeno para conquistar la verdad. Incluso, suelen expresar más con sus pausas reflexivas que con sus discursos, por eso les llamamos personas de “silencio sabio.”

Sea como sea, estos cuatro tipos de silenciosos hacen mucho “ruido” en las organizaciones, para bien o para mal. Eso sí, conviene tener en cuenta el viejo proverbio judío: “hay que guardarse bien de las aguas, perros y enemigos silencioso.” ¿En cuál de las cuatro categorías ubica usted sus momentos de silencio?

Share