La ventaja de llegar a tiempo y qué podemos aprender de un tren suizo | Maestrías INCAE
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La ventaja de llegar a tiempo y qué podemos aprender de un tren suizo

15 de Febrero 2013
Randall Trejos

Existen muchas asociaciones que se sostienen sobre nosotros los Latinoamericanos en otras partes del mundo, pero una alrededor de las cuales parece haber más consenso es aquella sobre nuestro manejo del tiempo. Si le pregunta a un alemán, suizo, holandés o inglés, aparentemente los latinos siempre llegamos tarde. La opinión se flexibiliza un poco si le pregunta a un español, italiano, portugués o griego; pero claro, ellos también llegan tarde. A través del programa de intercambio que forma parte del MBA de INCAE, tuve la oportunidad de convivir con muchos europeos, comparar las diferentes idiosincrasias y sacar algunas conclusiones sobre lo que llamamos “normal” sobre todo en nuestro manejo del tiempo.

Es una realidad que en Latinoamérica, como nuestros amigos del sur de Europa, tenemos una flexibilidad bastante grande con respecto a la hora de llegada a las citas. En Costa Rica, lo que se conoce medio en broma y medio en serio como el Tico Time, dicta que es razonable llegar entre 5 minutos y una hora tarde, dependiendo de si el compromiso es de trabajo o una cerveza con los amigos. Hay decenas de creativas formas en que nos las hemos ingeniado para normalizar esta relajación de estándares: desde el “había mucha presa” o “me dejó el bus” hasta “en 5 minutos estoy ahí” cuando en realidad falta media hora. Estos pequeños pretextos tienen una función socialmente adaptativa, y nos permiten lubricar cualquier fricción que pudiera surgir del hecho de tener que esperar a alguien por 30 minutos. De esta manera, acordamos todos desarrollar una tolerancia a llegar tarde, de forma que muchas personas que conozco confirman 5 minutos antes de la cita para asegurarse que el otro si quiera va a llegar.

Más allá de lo pintoresco, esta flexibilidad que como cultura acordamos tener, no viene sin un precio que pagar, principalmente en dos sentidos. Por un lado mina nuestra capacidad de planear, y por el otro y más importante quizá, socava nuestra capacidad de confiar en lo que acordamos con los demás. Aunque las implicaciones más claras son laborales, esto nos afecta también a nivel personal. Cierto: la mayor parte de nosotros llega a tiempo a su trabajo. Pero es argumentable que es más por un control externo y la consecuencia asociada, que por una pre-disposición a llegar a tiempo. Si no, llegaríamos a tiempo sin importar si la ocasión es una entrevista de trabajo o una salida con amigos. O bien, llegaríamos a tiempo sin importar si somos un empleado que debe marcar tarjeta, o si somos el gerente o dueño de la compañía. Y podemos pensar en muchos ejemplos que nos indican que esto no sucede siempre así.

La capacidad de organizar:

El argumento de que llegar a tiempo sirve para planear mejor el día y priorizar es fácil de ver y resulta hasta intuitivo. Si tengo una reunión de 3:30pm que empieza a las 3:50pm y en vez de tardar una hora, dura hora y media, es claro que eso socava mi capacidad para organizarme porque me obliga  constantemente a mover compromisos a último momento, creando una bola de nieve al final del día, además de un grupo de personas cuyo planeamiento se echó a perder tanto como el mío.

Aun cuando es fácil entender esta relación entre el llegar a tiempo y la capacidad de organizar, el argumento de la confiabilidad es más difícil de percibir. Quizá porque aquí el llegar a tiempo es un signo o consecuencia (según sea el huevo o la gallina) de la forma en que como cultura asumimos el de cumplir con lo que decimos. Lamentablemente nuestra flexibilidad con el tiempo está asociada con otra flexibilidad en lo que refiere a cumplir promesas, sobre todo aquellas consideradas “pequeñas”. El problema de esto es que al no ser confiables en pequeñas cosas es difícil que los demás nos asuman confiables en las grandes. Llegar a la hora acordada de forma consistente cimenta la confianza que los demás tienen en nuestra palabra, remueve incertidumbre de nuestras relaciones y envía un mensaje a los demás sobre qué pueden esperar de nosotros. Indudablemente esta es la base de todo tipo de relaciones: las personas buscan en sus parejas, sus jefes o líderes políticos, transparencia, consistencia y que sean alguien digno de confiar.

El cinismo con que muchas veces asumimos nuestras posiciones ante los políticos, jefes, vecinos o hasta nuestras parejas parece partir de la desconfianza; por alguna razón nos estamos preparando para que nos queden mal. Que el político haga algo deshonesto, que el jefe me explote o que el vecino hable mal. Lo que no nos percatamos es que esa desconfianza se nutre de pequeños, pequeñísimos actos como el de decir que voy a llegar a las 3:00pm y después terminar llegando a las 3:25.

Una convención

Como decíamos arriba, “lo normal” es una convención. En tanto el grupo con el que convivimos, sea la familia, el trabajo o el país, sostenga una visión de lo que es aceptable o lo que no, lo más sencillo es seguir con la mayoría. En Latinoamérica, como en el sur de Europa, hemos aprendido a tolerar las pequeñas imprecisiones con el tiempo y romper las pequeñas promesas, y lo hemos vuelto normal de una forma socialmente adaptativa. Pero de la misma manera, otras culturas acordaron llegar a tiempo y cumplir con lo acordado, aunque sea algo trivial como tomarse un café. Como en el mito de la caverna de Platón, después de suficiente tiempo, aquello que vemos todos los días se vuelve normal, convirtiéndose en nuestra única realidad concebible. Pero basta poner el pie en otro lado para darnos cuenta que aquella “única” forma de hacer las cosas es sólo una forma de hacer las cosas.

La lección es que ninguna de las dos opciones debería ser nuestro automático, y que la posibilidad de ver cómo se hacen las cosas en otro lugar podría abrirnos puertas a hacer las cosas que ya hacemos bien, un poco mejor. Cierto que llegar temprano en Costa Rica, Italia, Portugal o cualquier otro país Latinoamericano podría resultar contra-cultura, tanto como sería llegarle 30 minutos tarde a un alemán. Pero como en todo, uno lo que tiene es la posibilidad de ser el cambio que quiere ver en los demás y quizá estos pequeños actos, como llegar a tiempo, nos traigan beneficios más allá de lo que nos imaginamos.

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