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Latinoamérica: seis motivos para no dormirse

15 de Agosto 2017
Executive Education INCAE
 
 

Nadie debería sorprenderse de los cambios porque son lo único permanente, decía Heráclito de Éfeso. Está claro que el gran pensador griego, que vivió en lo que hoy es Turquía, era filósofo y no un hombre de negocios. Por eso podía elucubrar sobre la constancia del cambio y su inevitabilidad sin sobresaltos ni cuadros de estrés.

Diferente es el estado emocional de un empresario que prepara su plan de negocios a mediano plazo cuando le reportan que las condiciones están cambiando y seguirán haciéndolo, que el contexto de hoy sirvió para tomar decisiones hoy, pero a saber qué pasará dentro de un tiempo.

Para eso están los estudiosos, los que se permiten quitar la mirada de la carretera inmediata para ver al horizonte y tratar de identificar el terreno por allá, en caso de que sea posible.

Eduardo Ulibarri, exembajador de Costa Rica en Naciones Unidas, consultor internacional, analista político y periodista acostumbrado a los entornos cambiantes, hizo el ejercicio de desmenuzar las razones por las cuales conviene no dormirse en los laureles, a pesar de las proyecciones levemente positivas de crecimiento económico que para el futuro inmediato lanzó en abril la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En su exposición, elaborada para INCAE Business School, Ulibarri señala que se están gestando cambios en el entorno internacional, claro, como siempre, pero en esta ocasión están cambiando los paradigmas:

Trump en la cristalería. El nuevo gobierno de Estados Unidos es, como se sabe, una variable clave en el comercio mundial y sobre todo en los negocios en el continente. El ejercicio de Donald Trump con su discurso nacionalista ya cumple seis meses con señales claras en contra de la apertura comercial de la cual Estados Unidos ha sido un líder por décadas. En lo concreto, su disposición a renegociar el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá mantiene nervioso al gran mercado mexicano, de por sí en vela por el efecto que pueda tener sobre las políticas restriccionistas de Trump en materia de migración.

Mejor juntos. Cuidado, que las razones para desvelarse no deben ser del todo negativas. China parece dispuesta a tomar la bandera de la globalización económica, en parte con retórica, pero también con realidades. Una de sus líneas de acción en América Latina es la Alianza del Pacífico, el grupo formado por Chile, México, Colombia y Perú, al que aspiran a ingresar también Panamá y Costa Rica, aunque el gobierno actual parece haberle perdido el entusiasmo.

Asia llega para quedarse. La Alianza del Pacífico parece dispuesta a aprovechar la reactivación de los mercados internacionales, provocada en buena parte por la recuperación de la economía que Estados Unidos alcanzó en 2016, con la que por fin parece poder respirar a medias después de la crisis del 2008-2009. No es demasiado nueva la presencia robusta de China en América Latina, pero hay un proceso de consolidación y en la Alianza del Pacífico lo saben. Y no solo la Alianza del Pacífico.

Taquicardias en el sur. Mercosur también está haciendo su tarea para aprovechar la reactivación de los mercados internacionales, e incluso impulsa con mayor vigor que nunca la negociación de un tratado con la Unión Europea. Sin embargo, internamente vive tiempos convulsos que de manera inevitable condicionan su potencial de negocios. Con el gobierno liberal de Mauricio Macri en Argentina, en claro viraje después del corte socialista de Cristina Fernández, el mercado recobró algo de optimismo a pesar de las tensiones internas. Brasil, el gigante del sur, amanece cada día con una noticia estremecedora por las implicaciones políticas del caso de corrupción ‘Lava Jato’ en las esferas más altas del gobierno federal. Lula da Silva, el dirigente socialista que supo se bate entre la butaca en un juzgado y el atrio de candidato a una reelección presidencial, en sustitución del también cuestionado Michel Temer. Junto a los otros miembros, Uruguay y Paraguay, se mantienen en vela por el curso del descalabro político, social y económico en su vecino Venezuela, donde la pregunta más frecuente es ¿hasta cuánto se sostendrá Nicolás Maduro en el poder? En Perú cunden los cuestionamientos a políticos y empresarios del caso Oderbecht enraizado en Brasil, mientras Colombia trata de mantener su buen ritmo económico en paralelo a un trascendente (y trabajoso) proceso de paz entre Gobierno y guerrilleros, con esperados efectos en la competitividad colombiana.

Populismo en picada. Es innegable el retroceso en la presencia de gobiernos de corte populista. Se vio en la derrota electoral de Fernández en Argentina y en la anulación del liderazgo regional que ejercía Venezuela hasta hace cinco años merced a su grifo petrolero. Evo Morales ha tomado distancia en Bolivia, y en Ecuador Rafael Correa dejó el poder a Lenín Moreno, que pertenece al mismo partido, pero ha lanzado señales claras de mesura y diálogo, lejos del estilo confrontativo y muy mediático de su antecesor. La situación en Cuba no puede ser más incierta; con la llegada de Trump y el frenazo al proceso de acercamiento con Estados Unidos, el gobierno de Raúl Castro parece haber quedado en mitad del río y, habiendo dado ya señales de conciliación con el Washington de Obama, sin posibilidad ya de retornar a la beligerancia de otros tiempos. Además, su socio Venezuela poco puede aportarle. 

Atención a las finanzas. Ahora se sabe que pasó la época primaveral de los precios altos de las materias primas, de la cual tantos buenos frutos sacamos en América Latina después de la crisis de 2008. En 2015 y 2016 la mayoría de las monedas sufrieron depreciación y han empezado a encenderse señales preventivas sobre la estabilidad de finanzas internas, a pesar del abastecimiento de reservas que se acumularon en los años de “vacas gordas”. Solo Perú, Uruguay y Panamá disminuyeron en ese período su porcentaje de deuda frente al Producto Interno Bruto (PIB) y 11 países (incluidas todas las mayores economías de Latinoamérica) tuvieron crecimientos de entre 10 y 25 puntos. ¡Aguas!, dirían los mexicanos.


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